Ir al contenido principal

56. Adviento


Está bien, ven a traerme cascabeles,
tú que piensas que nada es imposible.
Ven a quitarme esta tristeza que no cesa,
cambia mi queja por canto en tu guitarra,
pon colores en mi cara cenicienta,
tómame de la mano y haz que ría,
háblame de tu gente y de tu tierra,
mientras cantamos juntos a Sabina

Escucha, cuando llegues mi puerta estará abierta,
no te extrañen las luces apagadas
a pesar de la época de Adviento,
sólo entra y abrázame... No preguntes,
regálame en silencio el sol que te acompaña

Mi cielo está nublado y no es invierno,
mis tardes son oscuras y hace frío.
Yo dejaré que tu calor me cubra,
sólo tú tienes la llave del paréntesis
y por tu bien debes cerrarlo luego...


Serán momentos de vida, tú la traes,
y si quiero vivir te necesito...
Yo te daré de mí lo que tú siembres,
pero aunque suene duro y no lo entiendas,
por preservarte el sol que me regalas,
ya lo sabes, te guardaré un pasaje de regreso...

Comentarios

Anónimo dijo…
"Por una mirada, un mundo; por una sonrisa, un cielo; por un beso... ¡Yo no sé que te diera porun beso!"

Entradas más populares de este blog

15. Noria

Cuando se acaba un amor termina el camino se quiebran los sueños duerme la esperanza somos menos niños... Cuando se acaba otro amor se acaba la prisa desvela la espera se arrastran los pasos nos pesa la vida... Cuando se acaba un amor calla la memoria rompemos los sobres cerramos los libros truncamos la historia... Cuando se acaba otro amor sufrimos de invierno se secan los besos empapa el recuerdo nos hacemos viejos... Cuando se acaba un amor perdemos la risa cambiamos la dieta nos volvemos sombra el sol nos lastima... Cuando se acaba otro amor sentimos que el alma tiembla en la garganta no existe el mañana y huyendo a la ausencia nos duelen las alas...

19. Las luciérnagas...

Muy pequeñita, desde la ventana de casa vi alguna vez diminutas lucecitas yendo de un lado a otro en el jardín. Luego supe por los textos escolares que aquellos punticos luminosos eran emitidos por las luciérnagas. Sin embargo, debo decir que nunca entendí ni averigüé en detalle sobre aquel extraño proceso de origen animal. Posteriormente, mi primer encuentro cercano -debido a un tercer tipo...- con la luz de las luciérnagas fue metafórico. Estaba en la universidad y vivía en una residencia para estudiantes donde la dueña literalmente moría por su impenitente y malhadado amor, a quién ella a pesar de todo se empeñaba en llamar "Mi solecito". Un buen día, o mejor una mala noche, a "Mi solecito" se le pasaron las copas, las horas y las manos... y al desayuno de la mañana siguiente la mirada de nuestra querida casera era oscura por dentro, de frente y de perfil... No obstante, como siempre, doña Sarita llamó: "¡Solecito, tu desayuno está servido!". Fue entonc...

23. Un día con la abuela Clara

Mi abuela Clara no medía más de un metro y medio de estatura y nunca tuvo un gramo de más en su anatomía... Era magra y ligera. Cuando caminaba, cada paso suyo repicaba sobre las baldosas con una sonoridad que hacía adivinar la fortaleza de carácter con la que acometía cada tarea diariamente. La conocí ya cana y menuda. La memoria siempre me la trae a las seis de la mañana regando las plantas del patio: el limonero central, el guayabo resbaloso, las cayenas variopintas, las trinitarias moradas, los tomates, el mango, el cocotero y su preferida, la palma piña o palma enana, que le permitía conseguir los fondos para el mantenimiento del jardín y para comprar o cambiar sus novelas románticas. Vendía sus brotes a las floristerías. Su jornada diaria, después del riego matinal, pasaba por cada rincón de la casa, deteniéndose con esmero en la cocina, y culminaba con el riego vespertino del porche. Esta última actividad era precedida, cerca de las tres de la tarde, por el ritual de una ducha f...